martes, 23 de febrero de 2010

Pantano.


Ya no recuerdo cuándo comenzó a llover. Mi padre sonreía en el sofá animando al cielo a llenar los cauces, a regar los árboles, a disipar las huellas del verano. Mi padre sonreía, y eso era suficiente. Un día, atándome las botas, descubrí que empezaba a romperlas la humedad, sin darle importancia, me refugié en el abrigo y eché a andar. Otro día aparecieron manchas en el techo, sombras de un extraño gris que se instalaron en las ventanas, sobre la ducha, junto a mi almohada. Estaban frías, jugamos a sacarles formas definidas, como si de nubes se trataran. Hoy el agua nos ha llegado a la cintura. Los libros, los muebles, las mantas, nadaban en un océano de sombras y huellas, la lluvia lloraba marcando su paso en los tabiques, creando charcos, anegando rincones, arañando la piel del castillo que mis padres soñaron. 
La lluvia ha borrado la sonrisa de mi padre.

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