martes, 26 de enero de 2010

Levántate y anda.

El papel diapost no corta la carne, a pesar de todo, pero se diluye en esputos de mal agüero si uno lo deja a la vista de falsos profetas.

No,
no conseguiste destruir lo poco que quedó de Tar.
Otros vinieron a buscarme tras de ti, ensuciaron mis rodillas.
Otros llegaron, con sonrisas de acero y miel para quebrar mis manos.
Pero cuidé la nieve de mi bola invernal.

Y fue entonces que se rompieron las varillas, una mala tarde de agosto congeló la luz, las cuerdas y las lágrimas. Partió mi cuidador hacia otro reino, dejando descubierta y sin abrigo mi nuca. Tu ni siquiera viniste a blasfemar, no quisiste saber nada de lo que se había destruido.

Hay días que consigo no oírte tras la piel naranja, enterrado entre las minas de carbón que inyecto en mis lápices, en mis dedos. Días en que el metacrilato no arde, las líneas son claras, y algunos, incluso, consigo sonreír a las agujas.

Cuatro años después,
sigo en camino, buscando la esperanza,
nadando entre las tintas que confeccionaron nuestras ropas.
Sola,
completamente
sola.

Te equivocaste de blanco, de carnero,
y aún lucho por no darte la razón.

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